18 de agosto del 2024

Me mojé bajo la lluvia… y lo entendí todo.

Querida alma mágica:

¿Cuántas veces se puede tocar fondo?

No tienes idea la cantidad de veces que me he hecho esa pregunta tan solo en esta última semana. 

Recuerdo claramente que hace dos años que me decidí a iniciar nuevamente con este blog, lo primero que escribí en la carta de bienvenida fue que había tocado fondo. Si nos vamos a lo textual, mis palabras fueron las siguientes: “Por primera vez en mi vida entendí lo que significa tocar fondo y llegué a la conclusión de que, una vez que te encuentras ahí, solo hay dos opciones: rendirte o luchar con más fuerza.”

Decidí luchar. Y mucho. Empecé a ir a terapia, empecé a meditar, a cuidar mi salud física, a practicar journaling, a sanar heridas que llevaba años ignorando. En fin. Muchas cosas que con el paso del tiempo me convencieron que iba por un buen camino. Incluso mi psicóloga comenzó a espaciar las sesiones de terapia porque confiaba en que yo ya tenía las herramientas necesarias para comenzar a enfrentar los días malos de la manera más sana posible.

Y hasta hace unas semanas, pensé que así era.

Hace poco más de un mes, conocí a una señora maravillosa que hace Reiki, lee auras, trabaja con angeloterapia y lee los posos del café. Cuando eso pasó, tenía poco más de un mes que yo había salido de mi trabajo en el grupo restaurantero donde viví la situación de acoso sexual, lo cual significa que no me encontraba en mi mejor momento. Crudamente, ella me dijo que veía mi aura cansada, harta de todo, harta de la vida. Lo que me asustó no fue la forma tan directa en que me dijo las cosas… sino que tenía razón.

También me dijo que me veía en un punto de mi vida en el que yo decía que quería conocerme a profundidad (porque hasta ese momento no lo había hecho… no realmente), pero que me aterraba todo lo que podía descubrir sobre mí (lo bueno y lo no tan bueno). Y una vez más… tenía razón.

¿Pero a qué voy con todo esto?

Esta es la realidad de las cosas a la que me he enfrentado estos últimos meses: llevo casi dos años tomando terapia, hablando de cuanto tema pasa por mi mente, cuanta cosa me asusta, cuanto problema hay en mi entorno familiar, cuanto sueño llega a mí, cuanto coraje vivo en mi día a día. Y hasta esta semana había creído que tenía todo bajo control, que todas las herramientas que me habían dado en terapia estaban funcionando a la perfección para poner mi vida en orden después de tenerla tantos años de cabeza. 

Sin embargo, no es así y me di cuenta de eso de una manera que más allá de asustarme, me aterró. Lo cual, si sabes de que hablo, entenderás que el terror simplemente paraliza. Punto.

Este lunes que pasó yo iba manejando, justamente iba camino a una sesión de Reiki pues había decidido buscar la forma más natural de enfrentar mi ansiedad luego de que en mi última sesión de terapia, mi psicóloga me pidiera que considerara la opción de canalizarme con psiquiatra. 

No tenía ni cinco minutos que había salido de mi casa cuando vino a mi mente el pensamiento de que estaba sola en el mundo y que si algo me pasaba, a nadie le iba a importar o nadie se enteraría. Y entonces llegó el vacío horrible en el estómago que me es tan familiar y me dijo claramente “aquí viene un ataque de ansiedad”.

A partir de ese momento, todo se empezó a ir en picada. Las manos se me pusieron frías y me empezó a costar mucho trabajo respirar. Sentía un nudo en la garganta que no me permitía pasar saliva con normalidad. De pronto me empezaron a hormiguear las manos y fue que me dí cuenta que lo que estaba pasando iba más allá de un ataque de ansiedad. 

En ese momento lo único que podía pensar era “me estoy muriendo”. Una parte de mí sabía que eso no era verdad, pero no estaba siendo racional. Cuando ese pensamiento llegó a mi mente, fue que todo comenzó a dar vueltas y dejé de sentir manos, brazos, piernas y pies. 

No sabría decirte cómo fue que pasó, pero llegué a una farmacia, estacioné el coche, me bajé, entré al lugar y ahí me rendí ante lo que sentía. Hasta cierto punto, y ahora que lo pienso con la cabeza fría, fue vergonzoso ponerme a llorar en el piso de una farmacia mientras las señoritas que atendían trataban de ayudarme a calmar y poder respirar. Aunque si soy totalmente cruda con respecto a los hechos, recuerdo muy poco de ellos. Solo estoy segura de que parecía que veía todo desde afuera de mi cuerpo y que nunca antes había sufrido un ataque de pánico tan fuerte como el de esta semana.

Por eso vuelvo a mi pregunta inicial… ¿cuántas veces se puede tocar fondo?

Porque ni siquiera cuando estaba segura que toqué fondo en Monterrey, me llegué a sentir de esta manera.

Este lunes que pasó fui un peligro para mí y para otros y esa es la razón por la que dejé de postergar lo inevitable y terminé en una consulta de emergencia con una psiquiatra.

Si soy brutalmente honesta conmigo, era algo que ya veía venir. Algo que sabía perfectamente bien que no podría darle largas por mucho tiempo más. Al hablarlo con la psiquiatra, tuve que reconocer que no era la primera vez que tenía estos ataques en los últimos meses, solo que nunca había tenido uno de esta intensidad. Es por ello que no les dí la importancia que merecen y pensé que podía manejarlos única y exclusivamente con todas las herramientas que había adquirido con mi psicóloga. 

Pero, como ella misma me dijo: “has puesto de tu parte para mantenerte tranquila y mantener tu estabilidad, pero aún con ese trabajo personal que llevas haciendo, es totalmente válido decir puedo darle un lugar al medicamento”.

Llevo años escuchando a mi mamá y a mi papá decir que no creen que la depresión y la ansiedad sean problemas reales con los que lidiar. Incluso mi mamá es una persona que prueba cualquier remedio natural antes de recurrir a un medicamento, ante cualquier situación. Esa es la razón principal por la que hace cuatro años, la primera vez que terminé en el consultorio de una psiquiatra, abandoné el tratamiento al tercer mes. Ni siquiera le dí la oportunidad de ayudarme.

En esta ocasión tuve que enfrentarme internamente a todas esas creencias con las que he creciendo para aceptar que no estoy pudiendo sola. Que por más que lo he intentado con todas mis fuerzas estos dos años, no ha sido suficiente. 

Incluso después de haber tenido con mi mamá esa llamada telefónica en la que reconocí que no puedo y ella aceptó que así era y ella misma me consiguió a la psiquiatra, me hizo una pregunta que me ha atormentado toda la semana: 

No tienes una vida difícil, ¿por qué te está pasando esto?

Y luego procedió a hablar una vez más de las infancias difíciles que tuvieron ella y mi papá para hacer claro su punto: no me está pasando nada para sentirme así.

La realidad es que ni siquiera yo supe qué decir ante esas palabras porque es verdad, ¿qué me está pasando?

En parte, supongo que esa es una de las razones por las que me dijeron que me aterra conocerme realmente. Sin embargo sé que es momento de descubrirlo. De ver en los rincones de mi corazón en los que no he querido ver y contestar esa pregunta. Finalmente.

Aunque mientras eso sucede, he dado un paso grande. Un salto de fe porque como me dijo la psiquiatra “tienes que confiar en mí y en que yo sé lo que hago”, estoy cerrando los ojos y decidiendo confiar. 

Pero no está siendo fácil.

El miércoles que fui a la farmacia a comprar los medicamentos, me sentía aterrada. No podía evitar sentir que todos me miraban y pensaban “pobrecita, qué niñería podría estarle pasando para estar aquí comprando ansiolíticos”. Incluso cuando me pedían la receta y mi identificación, una parte de mí se rehusaba a entregarlas. Cuando iba a pagar y me dijeron “es un medicamento controlado y no se puede regresar, ¿está de acuerdo?” quise gritar que no y salir corriendo. Pero no lo hice. Me mantuve firme y pensando que era por mi bien.

Luchando contra años de creencias sobre la salud mental y los medicamentos para ello. Con cientos de dudas sobre si estaba tomando la decisión correcta.

Y luego algo pasó…

El jueves llovió.

Grace, ¿qué tiene que ver la lluvia con esto?

Tiene todo que ver.

Mientras paseaba a mis perritas, casi al final del paseo, fue que empezó a llover. Por primera vez en años no me importó mojarme en la lluvia. Ni siquiera cuando las gotas esporádicas se convirtieron en cientas que comenzaron a empaparme. No tenía prisa y me sentía libre… hasta que me acordé que las ventanas de la casa estaban abiertas. Fue entonces que corrí para llegar a cerrarlas y dejar a mis perritas, pero luego de eso volví a salir.

Salí y caminé bajo la lluvia. Descalza. Sin rumbo y al mismo tiempo con los pasos más firmes que nunca. Le dí la vuelta a las calles mientras vecinos pasaban en sus coches entrando o saliendo de la colonia.

No te voy a negar que al principio dudé si seguir o no. Me preocupaba que los vecinos pensaran “esta niña loca qué hace caminando en la lluvia”, pero luego me dí cuenta que probablemente a ninguno de esos vecinos que venía en sus coches les importaba un cacahuate qué hacía yo empapándome bajo la lluvia.

Y lo entendí.

A nadie le importa si estoy o no empezando un tratamiento psiquiátrico para tratar mi ansiedad. No es asunto de nadie. No me hace más fuerte o más débil. Me hace inteligente. Me hace alguien que sabe en qué momento pedir ayuda. Alguien que sabe confíar en otros. Alguien que sabe que no todo el tiempo tiene que poder sola.

A nadie le importa si tomo ansiolíticos y antidepresivos, de la misma manera que a nadie le importa si me empapo bajo la lluvia.

El jueves llovió y tiene todo que ver con mi historia porque el jueves fue el primer día de mi tratamiento psiquiátrico. 

El jueves llovió y entendí todo.

Así que, querida alma mágica, te lo pregunto de nuevo… ¿cuántas veces se puede tocar fondo?

P.D. antes de que se me olvide… te regalo esta canción medicina que escuché en mi grupo de meditación… en parte es responsable de que haya decidido tomar este nuevo camino.

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